Cambio de planes

Isaías 55:8-9 dice: “Mis pensamientos no se parecen en nada a sus pensamientos —dice el SEÑOR—. Y mis caminos están muy por encima de lo que pudieran imaginarse. Pues así como los cielos están más altos que la tierra, así mis caminos están más altos que sus caminos y mis pensamientos, más altos que sus pensamientos.”

Por años estuve huyendo de las grabaciones y oportunidades para preparar una producción musical. Me negaba a formar parte del montón de gente lanzando y promocionando sus sencillos. En primer lugar, porque nunca creí que ese fuese parte del plan de Dios para mi vida. En segundo lugar, porque son muchos los berenjenales en los que hay que meterse para sacar adelante un proyecto de calidad y no sabía si quería sacar tiempo para eso. Y en tercer lugar, porque tenía otros planes. Sin embargo, ninguna de las tres razones (o excusas) fueron suficientes para librarme de lo que me esperaba.

Dios es omnipresente, de manera que él ya está en el futuro y como ya está en el futuro, sabe de antemano qué es mejor para mí. Puedo orar por una situación determinada, e incluso puedo ser completamente sincera y decirle al Señor cuál es mi deseo, pero no tengo forma de saber cómo resultarán las cosas.

Los pensamientos de Dios están por encima de los míos. Mi manera de pensar está empañada por el pecado, por mis limitaciones, por los defectos de un mundo caído, pero los de Dios no. Los de él son perfectos, puros. Por lo tanto, cualquier plan que yo quiera llevar a cabo, tengo que someterlo a Dios. Mi agenda tiene que estar escrita con lápiz, no con tinta, para que Dios pueda borrar y cambiar a su antojo. De hecho, justamente lo que hizo.

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El apóstol Santiago habla muy claro: “Presten atención, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y nos quedaremos un año. Haremos negocios allí y ganaremos dinero». ¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma. Lo que deberían decir es: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello». De lo contrario, están haciendo alarde de sus propios planes, y semejante jactancia es maligna. Recuerden que es pecado saber lo que se debe hacer y luego no hacerlo” (Santiago 4:13-17).

¿Quiere decir esto que no debo hacer planes? ¡Claro que no! Lo que dice es que tengo que someter esos planes a Dios, contar con él y saber que él puede cambiarlos e incluso cancelarlos. Y tengo que estar contenta de cualquier manera. Porque Sus planes son mejores que los planes que tengo para mí misma.

Después de casi una década de cantarle al Señor y estar cada vez más sumergida en la música (algo que tanto me apasiona), he tomado la decisión de compartir con otros, a través de un disco, parte de todo lo que Dios me ha dado. He recibido la maravillosa oportunidad de trabajar con un reconocido arreglista, mi hermano y amigo Adiel Santana, de quien habla la calidad de su trabajo. 

Y aunque siempre he tenido todo el apoyo que necesito, debo confesar  que nunca fue mi deseo, y las pocas veces en que sentía la motivación (después de todos los comentarios e intentos de la gente por hacerme cambiar de opinión), me preguntaba ‘’ ¿Es realmente necesario?’’. Sin embargo, ahora puedo ver que siempre fue el deseo de Dios, o que al menos estuvo de acuerdo con que lo hiciera. Entendí que podía y debía hacerlo, que Dios me ha otorgado un don con el que ha tocado y desea seguir tocando vidas, y que no debía esconderme, sin importar cuanta gente estuviera haciendo lo mismo.

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Fui conmovida por Su presencia y reprendida por Su espíritu, haciéndome entender que el proyecto es un viaje que no emprendo sola, y que si bien debo poner de mi parte, le pertenece a Él.

Y aunque he dejado atrás el escepticismo, aún quiero cuidarme de perder el enfoque. Eso, de estar grabando, conocer y rodearte de gente popular, ser reconocido(a) y cantar de un lado para otro, te puede dar alas y hacerte volar lejos de la humildad y la humillación a Dios. No es algo que puedo permitirme. Dios me libre de olvidar que lo que soy y lo que tengo se lo debo a Él y no he llegado ni llegaré a ningún lado porque soy buena, sino por Su gracia. De hecho, ya tengo unos cuantos amigos a los que les di el permiso de aterrizarme cuando el reconocimiento de la gente se me suba a la cabeza.

Este es Su regalo para mí, y mi regalo para quienes me escuchan, esperando ser utilizada por Él como instrumento de Su gloria. La aventura a penas comienza.

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