Experiencias

Tuve el privilegio de asistir al Campamento de Adoración el pasado fin de semana, en el que se encontraba el ministerio Toma Tu Lugar de Argentina. Una convocatoria para adoradores de la que les quiero contar.

Se estuvo promocionando por algunos días en las redes sociales. Me interesaba, pero mientras más cerca me encontraba de la fecha, menos posibilidades veía tener para asistir. De todas formas, y aún en los momentos en los que había descartado la idea, motivé a otros jóvenes a formar parte.

Para mi sorpresa, el viernes 20 (primer día del campamento) recibí un mensaje sorpresa de alguien que había decidido ofrecerme su cupo, dadas las circunstancias que lo habían llevado a quedarse y por ende, lamentablemente no asistir. Como no iba a permitir que se desperdiciara, me preguntó si estaba interesada.

Dudé por algunos momentos. Ya había aceptado algunas invitaciones para el fin de semana; había hecho planes a los que ya estaba comprometida. Sin embargo, mi madre, que ya estaba al tanto, logró convencerme. Así que, muy nerviosa, decidí cancelar mis actividades de los días siguientes y aprovechar la oportunidad.

Lo quisiera aceptar o no, llegué al lugar con muchas cargas. No se trataba tanto de un peso físico, sino más bien de un peso espiritual. Me sentía agotada, abrumada por las situaciones dificiles que se encontraban fuera de mi control y esperaba poder salir sintiéndome mejor.

Era de esperarse que sucedería. Dios es experto superando todas nuestras expectativas, y esta no iba a ser la excepción.

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Fotografía Worship Camp

Voy a campamentos desde que tengo memoria. Pero como este, ninguno. No había visto nunca nada parecido a lo que vi, ni sentido nada parecido a lo que sentí estando en aquel lugar. Estaba abierta a recibir lo que Dios había planeado darme, y vaya que fue mucho lo que me dio. Pero de todos Sus regalos, el que destacó fue el descanso que me ofreció estando en Su presencia. El descanso reconfortante que experimenté y aún experimento, por encima de las circunstancias, por encima de los pronósticos y vientos en mi contra. Ese descanso que me hizo recordar que no estoy sola, que El esta presente incluso cuando no lo siento cerca. El descanso que me llevó a renovar mi pacto con Él.

Los constantes momentos de adoración, y las sabias palabras de nuestros líderes terminaron por romper paradigmas, estructuras religiosas a las que estábamos acostumbrados que nos habían impedido experimentar a Dios de una forma diferente. 

Nos hicieron entender que:

  1. Dios no consulta nuestro pasado para determinar nuestro futuro. Aunque seamos producto de nuestras viejas decisiones, no somos prisioneros de ellas.
  2. Podemos tener la posición correcta, y la intención incorrecta.
  3. La práctica del evangelio es la obediencia.
  4. Nuestro servicio y entrega a Dios debe ser incondicional, por encima del hecho de si nos responde o no, de si nos bendice o no.
  5. Cuando exhibimos lo verdadero, lo falso queda expuesto.
  6. Debemos orar más por los intereses del cielo y menos por nuestros propios intereses.
  7. A Dios no le interesan los compromisos a medias, la obediencia parcial y las sobras de nuestro tiempo y dinero. Quiere nuestra devoción plena, no pedazos de ella.
  8. Hay áreas en nuestra vida que necesitan morir para que otras puedan resucitar. La medida de la muerte de nuestro viejo ”yo”, determinará la medida de nuestra vida en Cristo. Hacer morir lo que somos para que Cristo sea.
  9. Hay una guerra de altares y van a ganar los que adoren más.
  10. No es lo que hacemos, es lo que somos. La ofrenda no es solo lo que traemos, la ofrenda somos nosotros.
  11. La excelencia es un requisito en lo que hacemos para Dios, pero no es lo más importante. Tener un buen sonido, talentos pulidos e iglesias grandes puede ser bueno, pero lo que se esconde detrás de eso tiene mucho más peso y valor.
  12. Estamos sometidos a nuestros lideres, pero no dependemos de ellos.

Fueron estas y muchas cosas las que nos ayudaron a comprender e incluso recordar lo que es verdaderamente importante dentro de nuestra vida como adoradores. Valió la pena decir ”no” a mi constante movimiento y las actividades que agendé, para decir ”sí” a un retiro que me permitió estar sumergida en la presencia de Dios.

 

 

 

 

 

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