El primer amor.

¿Recuerdas ese día tan especial en que decidiste entregar tu vida al Señor? o ¿aquel día en el realmente tuviste un encuentro con Dios? Si has vivido esto, creo que sabes que es la mejor experiencia que se pudiera tener en esta vida.

Recientemente en nuestra congregación tuvimos un bautismo en agua, donde 18 personas tomaron la firme decisión de seguir al Señor en plenitud. Una gran cosecha, sin duda. El día de la presentación de los nuevos bautizados, pude notar la felicidad en sus rostros. Un aire nuevo, una entrega en alabanza y adoración que nunca antes había notado en ellos. Al verlos así, completamente entregados y dando su mejor adoración al Señor, me dije a mi mismo: ”Wow. ¡Que lindos se ven en el primer amor!”

Crecí en la iglesia. Mis padres, y prácticamente toda mi familia, le sirven al Señor. La mayor parte de mis amigos de infancia eran de la iglesia. De hecho, sigue siendo así. Pero pese a toda la influencia que recibí de niño, supe que llegaría el momento en que tendría que decidir por mi mismo seguir al Señor (o no hacerlo). Y recuerdo el día en que tomé la firme decisión de hacerlo, e ir a las aguas del bautismo: 7 de octubre del 2007. Casualmente, era el día de mi cumpleaños. La emoción por experimentarlo fue increíble. Y luego de haberme bautizado, mi búsqueda del Señor se volvió intensa.

Era tal la frecuencia con la que oraba, leía la palabra de Dios, iba a las vigilias y ayunaba, que al cabo de una o dos semanas, fui bautizado en el Espiritu Santo ¡y vaya! Esa sí que es una experiencia inolvidable.

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Al ver a estos hermanos dar el paso, recordé todo el proceso por el que tuve que pasar y no pude contener las lágrimas. No por el hecho de que era un momento hermoso con hermanos de la iglesia. Sucedía porque estaba siendo ministrado por el Señor.

¿Primer amor? ¿En serio? ¿Acaso ese término está bien utilizado? La verdad es que se le ha llamado así por mucho tiempo al primer acercamiento con Dios, pero ¿por qué primer amor? ¿Hay un segundo amor o tercero? Se supone que nuestras vidas deben estar rendidas al Señor y en una constante evolución y crecimiento espiritual, entonces ¿Cómo es posible que comencemos buscando al Señor con todo nuestro ser y luego dejemos apagar la llama?

El problema está en nosotros. Dios siempre ha estado ahí, esperando, anhelando que le busquemos. Muchas veces lo hacemos, pero pasado el tiempo, todo se reduce a cero. Nos entretenemos con otras cosas y damos a Dios excusas baratas de por qué no le estamos buscando como debiéramos. Nuestro propósito de vida es día a día, levantar nuestras cabezas en alto y seguirle incondicionalmente, pero seguirle de verdad. Es completamente incoherente decir que ayer amé más a Dios que hoy. El amor a Dios debe ser constante e ir en aumento. 

Perdemos el primer amor cuando la oración se convierte en una costumbre, la Biblia se queda olvidada en una esquina y asistir a la Iglesia se vuelve algo opcional. Cuando nuestro deleite en el Señor ya no es tan grande como nuestro deleite por otras personas o por las cosas del mundo. Cuando nuestra alma no anhela la comunión intima con el Señor a través de la oración o la lectura de la Palabra. Cuando nuestros pensamientos en nuestros momentos de ocio no se dirigen al Señor. Cuando nos excusamos fácilmente diciendo “es que soy humano”, y cuando caemos fácilmente en cosas que sabemos que no le agradan al Señor, hemos perdido el primer amor.

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Perdemos el primer amor cuando nos cuesta dar con alegría para la obra del Señor o para las necesidades de otros. Cuando dejamos de tratar a nuestros hermanos cristianos como trataría al Señor. Cuando empezamos a ver los mandamientos del Señor como “legalismo”, o como restricciones para nuestra felicidad. Cuando nos preocupamos más por “quedar bien” con la gente del mundo en vez de buscar la aprobación del Señor. Cuando dejamos de dar a conocer al Señor por temor a ser rechazados. Cuando nos negamos a dejar de hacer algo que esta ofendiendo a un hermano más débil. Cuando no podemos perdonar a alguien que nos ha ofendido, hemos perdido el primer amor.

Dejamos nuestro primer amor cuando perdemos la conciencia de nuestra necesidad de Dios, día tras día.

En nuestra vida de fe, cada vez que miremos atrás, debiéramos poder decir: ”Wow. ¡Cuánto he madurado en el Señor!”, no lo contrario. El primer amor debe estar presente todos los días. No debiera ser tan solo un recuerdo. No debiera ser el tiempo pasado en que buscábamos al Señor con fervor. Podemos recordarlo como el punto de partida de nuestra relación con Dios, es decir, a partir de la búsqueda que teníamos en ese tiempo, apuntar más alto, entregarnos más y avanzar. Todos pasamos por momentos dificiles. El camino es cansado, pero hay que seguir.  

”Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor” Apocalipsis 2:4

hh

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