La integridad del cristiano.

29•09•1986“Júzgame, oh Jehová, […] conforme a mi integridad.” (SAL. 7:8.)

Un joven cristiano se encuentra rodeado por un grupo de compañeros que buscan pelea. ¿Responderá a sus provocaciones insultándolos o recurriendo a los golpes? ¿O logrará controlarse e irse del lugar? Un hombre casado está a solas en su casa buscando cierta información en Internet. De pronto aparece en el monitor una ventana con un enlace a un sitio inmoral. ¿Hará clic en el anuncio, o lo cerrará? Una joven cristiana está conversando con unas amigas. Repentinamente, la conversación cambia de tono, y una de ellas comparte críticas negativas sobre otra chica. ¿Qué hará la joven? ¿Les seguirá la corriente a sus amigas, o se atreverá a cambiar de tema?

Estas tres situaciones tienen algo en común: en todas se pone a prueba nuestra integridad. Cuando nos enfrentamos a las preocupaciones y necesidades de la vida diaria, ¿tenemos presente que debemos actuar con integridad? Por lo general, la gente se preocupa por asuntos como la salud, el aspecto personal, el empleo, las amistades y las relaciones de pareja. Sin embargo, un tema de gran importancia también está intrínsecamente relacionado a nuestra integridad, pues al final es eso lo que Dios observa al examinar nuestro corazón (Sal. 139:23, 24). Asi que es valido preguntarse, ¿quienes somos cuando nadie nos ve?

Jehová, de quien procede “toda dádiva buena y todo don perfecto”, nos ha colmado de bendiciones (Sant. 1:17). A él le debemos nuestro cuerpo y nuestra mente, así como la salud y todas nuestras habilidades (1 Cor. 4:7).

Mucha gente desconoce todo lo que abarca el concepto de integridad. Hay políticos, por ejemplo, que presumen de ser íntegros, queriendo decir con ello que son honrados. Y claro, la honradez es importante, pero es tan solo una parte de la integridad. Como bien muestra la Biblia, la persona íntegra es la que lleva una vida intachable, la que actúa con entereza moral. De hecho, los términos hebreos relacionados con la palabra “integridad” provienen de una raíz que significa “entero”, “intacto”, “sin tacha o defecto”. Y uno de estos términos hebreos se emplea para referirse a los animales que se ofrecían a Jehová. Para que él los aceptara, debían estar sanos y sin defectos (léase Levítico 22:19, 20). De ahí que Jehová condenara tan enérgicamente a quienes desobedecían esa norma y ofrecían animales cojos, enfermos o ciegos (Mal. 1:6-8).

Como es lógico, todos esperamos que las cosas que adquirimos estén completas o enteras. Supongamos, por ejemplo, que una mujer que va recogiendo caracolas mientras pasea por la playa. Fascinada por la belleza y la variedad de las caracolas que encuentra a su paso, se detiene aquí y allá a examinar algunas de ellas. ¿Con cuáles cree usted que se quedará? Con las que están completas e intactas, por supuesto. Pues Dios hace algo parecido: él busca a las personas que son íntegras, cuyo testimonio sea intachable (2 Cró. 16:9).

Ahora bien, quizá nos preguntemos si para ser íntegros hay que ser perfectos. Y que tal vez no lograremos ser del todo íntegros, porque, como somos imperfectos, nos parecemos en realidad a un libro incompleto o una caracola rota. ¿Se ha sentido usted así alguna vez? En ese caso, recuerde que Jehová no espera de nosotros perfección absoluta; él no nos pide imposibles (Sal. 103:14; Sant. 3:2).

Lo que sí espera es que seamos íntegros. ‘’Pero Ammi, ¿qué diferencia hay, entonces, entre perfección e integridad?’’ Pongamos un ejemplo. Pensemos en un novio que está a punto de casarse. Sería absurdo que esperara perfección de su futura esposa. Sin embargo, sí sería lógico que esperara que ella lo amara con todo el corazón y que su amor solo fuese para él. Algo parecido sucede con Dios: él “exige devoción exclusiva” (Éxo. 20:5). Aunque no espera que seamos perfectos, sí espera que lo amemos con todo el corazón y que solo lo adoremos a él y podamos, con gran anhelo, obedecerle.

El derecho que tiene Jehová para gobernar no depende de que seamos íntegros. Independientemente de lo que hagan o digan sus criaturas, él es el legítimo Soberano del universo, y siempre lo será. Con todo, tanto en el cielo como en la Tierra se han lanzado graves acusaciones contra Dios y su soberanía. Por eso, su soberanía debe ser vindicada, es decir, tiene que quedar claro ante todos los seres inteligentes que Jehová es el legítimo Soberano y que siempre ejerce su autoridad de forma justa y amorosa. A muchos nos gusta hablar con la gente sobre la soberanía de Dios. Ahora bien, ¿cómo podemos demostrar que estamos de parte de Jehová y que lo reconocemos como nuestro Soberano? Siendo íntegros y fieles.

Hacemos bien en examinarnos honradamente para ver si somos personas íntegras y si nuestra esperanza está viva. Jamás olvidemos que al ser íntegros, apoyamos la soberanía de Jehová y protegemos nuestra maravillosa esperanza, nuestra salvación. ¡Seamos siempre personas íntegras y leales a Dios!

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