La historia de Juan.

Se cuenta de un gran hombre, a quien llamaremos Juan. Era el encargado de mantener el salón del templo limpio. Los baños siempre estaban en buen estado y las sillas bien organizadas. A pesar de que no era el único en encargarse de la limpieza, la gente lo admiraba por el buen trabajo que hacia y consideraban que era el mejor haciéndolo.

Cada noche, después de finalizar el servicio al Señor, cuando todos los miembros ya estaban retirados a sus hogares, un hombre ensacado era, a demás de Juan, el ultimo en salir, dejando a Juan limpiando el templo. Se despedía de forma agradable, y Juan le respondía igual. El joven se quedaba minutos breves, observando desde la puerta principal con una sonrisa, el trabajo de Juan y después se marchaba.

Un día, llega un hombre a la congregación, invitado a predicar. Al hacerlo, todos comienzan a estar muy atentos a lo que expresaba desde el púlpito. Incluso Juan, quien en ese momento, secaba agua derramada sobre el piso por un pequeño niño.

Los miembros quedaron muy impresionados, y terminaron elogiando al predicador notablemente. Juan observaba con detenimiento el suceso, y sonrió, tocado por el gran trabajo realizado por aquel hombre. Pero el tanto pensar en lo que hizo aquel hombre y lo que hacían los demás, termino haciéndolo enojar, lo que causo que hablara con el Señor, pidiéndole lo siguiente: ”Cuando llego ese hombre a la congregación, entendí que mi trabajo no es tan importante. Todos en el templo hacen mejores cosas que yo. Es decir, tu viste como lo trataron. A mi solo me dan las gracias y me sonríen. Lo que hago no sirve de nada. Quiero ser como el. Concédeme eso, Señor. Ya no quiero seguir haciendo lo que hago. Es vergonzoso” Y Dios le respondió: De acuerdo. Te daré una semana. Seras como el y harás lo que el hace”

Los primeros dos días, estuvo muy emocionado. Andaba ya ensacado, y los lideres de la iglesia lo solicitaron para dar una pequeña capsula a los miembros. Era el primero en llegar y el primero en irse, porque sentía que tenia mucho por hacer.

Al tercer día, le tocaba dirigir un tiempo de oración, y parado en el púlpito, antes de comenzar, noto que las sillas vacías estaban desorganizadas, el micrófono que tenia en la mano no parecía estar muy limpio, y el piso carecía de brillo. Pero intento ignorar la situación, y comenzó con las oraciones. Al terminar, tomo un trapo y limpio los micrófonos de forma que nadie se diera cuenta, y se marchó a su hogar.

El día cuatro paso lo mismo, pero después de terminar de predicar, puesto que le habían pedido que lo hiciera, intento organizar las sillas mientras todos salían, sin embargo lo dejo porque sentía que la gente lo observaba y camino rápidamente hacia la puerta principal, dejando todo como lo había encontrado. Hasta que de pronto, aquel niño que derramo una vez el agua en el piso, le dijo: Tu eras quien limpiaba la iglesia?

Juan quedo en silencio, le sonrió y se retiro.

El día cinco, Juan no tenia responsabilidades. No le tocaba predicar, ni dar la capsula, o el tiempo de oración y como no sabia que mas hacer, se quedo en su asiento. La iglesia estaba igual de sucia que el día anterior, pero esta vez había una anciana que hacia el mayor esfuerzo porque no se notara. Juan, al ver esto, no se sintió bien, pero lo ignoro y enojado, no hizo mas nada.

El día seis, la misma anciana, con pocas fuerzas, trapeaba el piso antes de terminar el servicio de la iglesia. Juan no soporto ver esto, se acerco a ella y le pidió el trapeador. La anciana, muy agradecida, le dijo: Ay, hijo mio. Como te agradezco que lo tomes tu. Estoy muy cansada y ya soy muy mayor para estar en esto, pero la iglesia necesita cuidarse. Me entiendes, verdad?” Juan, con una sonrisa disimulada y nerviosa, asentó con la cabeza.

Todos salieron, mientras se despedían amablemente de Juan, y nuevamente aquel joven se quedo en la puerta a observarle. Juan volteo a verle ya cuando daba la espalda.

El séptimo día, todos los miembros llegaron al templo y notaron que todo estaba resplandecientemente limpio. Saludaron a Juan con alegría, al verle.

Al finalizar el servicio, Juan quedo solo como de costumbre, organizando el templo. Nuevamente, el joven se detuvo a observarle, pero en esta ocasión, Juan lo llamo a acercarse y entablaron la siguiente conversación:

Juan: Por que siempre te quedas a observarme trabajar?

El joven: Antes que nada, ¿donde esta su saco?

Juan: En casa.

El joven: ¿Por que no lo trae puesto?

Juan: No iba a limpiar vestido así.

El joven:  ¿Por que había dejado de limpiar la iglesia?

Juan: No entiendo por que me haces tantas preguntas.

El joven: Cada día  antes de salir, me quedo observándolo  Lo observe cuando limpio el agua que derramo el niño aquel, evitando que alguien probablemente resbale. Observe su rostro cuando llego el predicador, y observe el cambio drástico que tuvo después de eso. Observe la iglesia, y note lo sucia que estaba. Lo observe limpiar los micrófonos a escondidas. Lo observe, porque lo admiro. Lo observo porque limpia el templo con arte y dedicación. Lo observo porque esto es lo que usted hace y la iglesia lo necesita.

Juan: Tuve un gran proceso esta semana.

El joven: Sin usted, ¿notó como queda la iglesia? ¿Como damos un buen servicio a Dios, con un templo en esas condiciones?

Juan: No había pensado en eso.

El joven: Todos tenemos una responsabilidad en la congregación, y en cualquier ámbito de la vida y esa responsabilidad es importante. Aun mas si es para el Señor, nuestro servicio debe ser agradable, sea lo que sea que hagamos, sin importar si nos elogian o no.

Juan: Tienes razón. Bueno, Dios solo me dio una semana para experimentar lo que experimente y mira donde acabe, en el mismo lugar. 

El joven: ¿Que me dice al respecto de todo esto?

Juan: Al estar entre la gente, organizando el templo, quería estar en el púlpito  Al estar en el púlpito  quise regresar a lo que hacia. Y fue cuando comprendí justo lo que acabas de decirme. Tal vez no lo había pensado de esa forma, pero esto es lo que hago, esta es mi oportunidad diariamente de aportar algo para el Señor, y no debo desperdiciarla. No fui muy feliz parado en el púlpito. La emoción duro muy poco porque quería regresar al mantenimiento del templo de Dios.

El joven: Tome algo en cuenta. No porque una persona predique o cante, sera mas amada por Dios. Debe siempre recordar que todos y cada uno de nosotros, somos importantes para El. El nos ama, y hagamos lo que hagamos, si lo hacemos para El, El se glorificara. Ahora, ¿quiere que lo ayude a terminar?

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